EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

< volver

LOS SONIDOS DE CARABANCHEL

Sergio C. Fanjul

 

Cuando arribo a Carabanchel Alto, hora y media después, me topo con un señor escuálido que, sentado en un parque pequeño, con la camisa bien abierta y la cara hecha un dédalo de arrugas subcutáneas (como dijo el poeta), mira la vida pasar. Le pregunto por dónde se llega al parque de la Peseta. Me responde con perfecto acento carabanchelero.

- Eso está muy lejos, mejor te coges el autobús que para ahí...

- ¿Cómo de lejos?

- Por lo menos 20 minutos andando.

- Da igual, si vengo andando de allá abajo... - y señalo a mi espalda, no sin cierto orgullo, toda la cuesta que he subido desde el río.

- ¿De dónde?

- De Lavapiés.

- Coño, ¿vienes andando desde Madrid?

Carabanchel Alto es también Madrid, claro, pero para este señor yo vengo de Madrid-Madrid y aquello es otra cosa. Y lo cierto es que lo es. En Carabanchel me topo el auténtico Bar Paco, “especializado en tapas de cocina”, un garito que, según dice el chiste, en el centro se llamaría Gastrobar Francis. Eso sí, ya están futurólogos diciendo que Carabanchel es el nuevo Williamsburg (¿qué no es ya el nuevo SoHo, el nuevo Williamsburg?): lo cierto es que hay artistas que se están mudando al barrio y aprovechando algunas de sus naves abandonadas como estudios y hasta vivienda.

Carabanchel, como Vallecas, son distritos enormes con una más enorme identidad. Tanto es así que cuando los paseas te saben a poco, como cuando te enseñan un trozo de la cruz de Cristo o te presentan a una estrella de Hollywood: es difícil comprender el todo a través de la parte o la cosa presente sin imaginar su historia. En mi camino paso por la Ermita de San Isidro, donde se dice que vivía el santo, patrón de Madrid, con Santa María de la Cabeza, su señora. Allí se obró el milagro de los bueyes: Isidro tenía fama de vago porque antes del curro se dedicaba a la oración. Cuando el jefe, Iván de Vargas, fue a comprobar esa información, se encontró que los bueyes estaban arando guiados por ángeles mientras Isidro rezaba. Después le nombraron encargado. Quisiera yo tener ángeles subcontratados.

El storytelling de Carabanchel pasa por la historia obrera, por la célebre cárcel donde recluían a los antifranquistas, por Eugenia de Montijo, por el Palacio de Vista Alegre donde murió el Marqués artífice del barrio de Salamanca. Las calles de los sitios cuentan mucho de su historia.

Por ejemplo, me cruzo la calle de Marcelino Camacho, feroz sindicalista, auténtico working class hero con pelazo y jersey de punto que dijo que ni le habían domado, ni le habían doblegado, ni nunca le iban a domesticar. A los Diez de Carabanchel (estaban también Sartorius, Saborido, Juanín…) les metieron en la cárcel por montar un sindicato, Comisiones Obreras, y gente de todo el mundo les apoyó. Marlon Brando (que iba a venir al juicio), Noam Chomsky o Arthur Miller, que en una grabación de la época dice la palabra “Carabanchel”.

A los sindicalistas les liberaron con la democracia y, más recientemente, la cárcel se clausuró y se derribó. El tema laboral sigue jodido: he pasado por la Plaza Elíptica, en la frontera con Usera, donde unos señores venden sus mercancías halladas por ahí, candelabros, muñequitos, casetes viejas, ceniceros. Cuando llega la policía ordena a un limpiador recoger toda aquella basura: lo que para unos es oro para otros es mierda. Enfrente, donde la cafetería Yakarta, los jornaleros urbanos del s. XXI esperan que alguien aparezca en furgoneta y les ofrezca un currillo para pasar el día.

Cerca de Marcelino Camacho, en el callejero, está Eugenia de Montijo, otra célebre del barrio, diametralmente opuesta en el escalafón social: fue esposa de Napoleón III y una celebrity de la época cuyo estilo se seguía en toda Europa. La emperatriz consorte poseía buena parte de lo que hoy es el distrito de Carabanchel, donde tenía su querido Palacio, que se quemó y se demolió en 1969.

Si me dicen Carabanchel yo también me imagino, muy estereotípicamente, un parque, una litrona y un radiocasete. Carabanchel también es música, la de Rosendo Mercado (“el único mercado de fiar”, decían), la que se escucha en el garito punk Gruta 77 o la del Sonido Caño Roto.

Me acerco pues, al poblado dirigido de Caño Roto, un barrio peculiar que se construyó a finales de los 50 cuando, a través de estos poblados, se trataba de dar un hogar a la gente que llegaba del éxodo rural. Las casitas bajas son cúbicas, muy austeras, y de color verde-grisáceo, aunque no son feas: si las encalaran estas pequeñas callejuelas podrían pertenecer a un encantador pueblecito andaluz. Cuando paso, de hecho, suena una guitarra flamenca que toca, en un banco, un crío con pinta de trapero.

El Sonido Caño roto era una mezcla de flamenco con soul, o funk, o rockanroll, su máximo exponente fueron Los Chorbos, que eran de aquí. La Motown de Madrid, le dijeron alguna vez. Trato de imaginarme por estas calles a aquellos chavales con el mullet que se estilaba en la época, rollo Camarón, los pantalones de campana, los maxicuellos de las camisas por fuera. Encaja. Ahora, como digo, los chavales llevan pantalones de pitillo, las gorras de visera 

Estas músicas lolailas y macarrillas también sirvieron de banda sonora al cine quinqui y a los quinquis de carne y hueso. En estos barrios periféricos tuvo lugar en los años 70 y 80 un fenómeno de delincuencia adolescente que fue inmortalizado en las películas de Eloy de la Iglesia o José Antonio de la Loma, donde actuaban los propios quinquis (como El Vaquilla, El Pirri o El Torete) y otros habituales, como Enrique San Francisco. Tirones, atracos a farmacias, coches robados, descampados, hachís y heroína: los quinquis daban mucho miedo, sobre todo a las señoras, porque los quinquis podían atracarlas y también porque sus propios hijos o nietos podían acabar convertidos en quinquis. El cine quinqui aportó algo de comprensión al fenómeno: en él se reflejaba la falta de oportunidades en la que nacían aquellos chavales que, en muchas ocasiones, acababan resultando entrañables. Eran unos críos.

Hoy quinquis, al menos como los de antes, ya no hay. Eso sí, en la rotonda adyacente al barrio la policía municipal está controlando los maleteros de los coches. Un anciano que está sentado en un banco se dirige a mí cuando paso, yo le miro mover la boca sin emitir sonido porque voy escuchando música por los auriculares. Voy, precisamente, escuchando a Los Chorbos, así que paso de largo. Nunca sabré lo que quería decirme. Igual era el inventor del Sonido Caño Roto.

 

29 de julio de 2018. 21:00h.

Block Party (BMX Mad Ride + Música)

Auditorio al aire libre del Parque de la Peseta. Distrito Carabanchel

 

Subir