EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

< volver
  • Relato 7: EL PODER Y LA LOCURA ENTRE PINARES
    Distrito Moncloa - Aravaca
    Cerro de los locos (Parque Dehesa de la Villa)
    Sábado 28 de julio

EL PODER Y LA LOCURA ENTRE PINARES

Sergio C. Fanjul

 

Antes de conocer Madrid yo me imaginaba Madrid tal y como es Moncloa: barrios apacibles, monumentos pretéritos, grandes espacios naturales cubiertos de pinares, centros de poder (como el mismísimo palacio de la Moncloa, donde viven los presidentes y sus síndromes) y decenas de facultades, equipaciones deportivas y colegios mayores poblados de estudiantes universitarios, con su mochila llena de libros y de sueños juveniles que pronto la realidad hará picadillo. Detente, instante, eres tan hermoso… como aquellos bares de chupitos con música atronadora de la juventud. El distrito de Moncloa-Aravaca es, desde la perspectiva de alguien que viene a estudiar a Madrid, 100% madrileño, el rompeolas de todas las Españas, lo que se espera.

Ahora, tanto tiempo después, vuelvo a pasear por el tranquilo barrio de Argüelles y recuerdo que, aunque todo el estudiantazgo quería compartir piso aquí, dada su proximidad a la Ciudad Universitaria, a mí me recordaba demasiado a aquella densa placidez de domingo en mi Oviedo natal, con sus cines y sus iglesias y sus perros pequeñitos, y prefería habitar barrios más dicharacheros y bulliciosos para captar de primera mano la chatarrería propia de la vida en una gran ciudad.

Al final de la calle Princesa se encuentra el Ministerio del Aire, un gran edificio de arquitectura imperial franquista con fachada de ladrillo, estilo neoherreriano obra de Gutiérrez Soto.  Pesa mucho, es cuadrado, parece que lo ha colocado ahí un ogro. Madrid es puro ladrillismo, pero en esto también hay clases: no es lo mismo el ladrillo de las casuchas de Villaverde, que el ladrillo de las urbanizaciones de Parla, que el ladrillo de las facultades complutenses, que el ladrillo del Palacio de la Moncloa (al que también se le ven los ladrillos).

Esta arquitectura fascista del ministerio y de otros tantos edificios de Madrid utiliza, según me dijo uno que sabe, el ladrillo como símbolo de la maleable masa ciudadana y luego lo rodea de piedra granítica traída de la Sierra, que simboliza al fascio redentor que endereza con su fuerza eterna a la voluntad popular. El ministerio, además, tiene un caza C101 (un mirlo) aparcado delante, no sé si para sacar pecho o para salir huyendo.

Del fascio redentor también se supo en la Ciudad Universitaria, donde tuvo lugar una de las batallas más cruentas y laboriosas de la Guerra Civil. El general sublevado Varela quería entrar a Madrid por ahí, y ahí se peleó piso por piso, escalera por escalera, habitación por habitación. La batalla tuvo lugar en noviembre del 36, pero el frente se estableció allí hasta el final de la guerra y el campus, que era nuevo, quedó arrasado. Es una particularidad de este distrito: que las afueras están a tiro de piedra del centro, se acaba Madrid muy cerca en Moncloa, por donde entra la carretera de la Coruña como un nervio óptico que penetra directamente en toda la pomada centralina: la Gran Vía está a un paso.

Ahora recorro la Ciudad Universitaria y se respira la misma quietud que después de una batalla, y eso que pasó hace 80 años. La realidad es que es domingo a finales de julio y no hay nadie en las facultades, y que triste y sola se queda la universidad. A mí me visitan los fantasmas de los años que pasé aquí, en la Facultad de Ciencias Físicas: por este camino venía cada mañana escuchando en el discman a Fugazi y a Surfin’ Bichos, y en este mismo banco de piedra me sentaba a leer Pedro Páramo, que también describía un lugar lleno de fantasmas.  Me siento en el banco, que permanece inmutable, y me preguntó qué fue de todos aquellos años, y pienso, una vez más, que el tiempo no es nada y que somos un chispazo comparados con el sueño de la piedra, con la tenue respiración de los ladrillos.
 

Una facultad de Física está llena de locos, pero es que detrás de la facultad está la Dehesa de la Villa, y allí dentro, en las alturas, el Cerro de los Locos. Nunca en toda mi peripecia universitaria tuve noticias de este lugar tan particular donde tradicionalmente, al menos desde los años 30, han ido a entrenar acróbatas, malabaristas, titiriteros, culturistas, boxeadores y otros artistas y deportistas: esta es una de las razones por la que es conveniente explorar la ciudad como quien explora una jungla. Entonces no había tantos gimnasios low cost; eran otros tiempos en los que estas personas que llevaban poca ropa y cubrían su cuerpo con sudor eran consideradas gente rara, casi sospechosa. No era raro que recibiesen la visita no deseada de la policía franquista, alertada por los curas de un colegio próximo.

Está anocheciendo y me adentro en la zona boscosa por un pequeño y empinado camino que me conduce primero a los edificios de la Agencia Estatal de Meteorología, donde descubro una gran antena parabólica que se orienta al sudeste. Después de preguntar a un vigilante me adentro de nuevo en el bosque, y veo sombras que se mueven, y todo está bañado por la luz violácea del crepúsculo que le confiere a la escena la calidad de lo onírico: el mundo en penumbra parece hecho de pegatinas. Todo esto parece que no existe, que es una siesta de David Lynch, y yo me rallo.

Arriba, en el Cerro, se domina la geografía madrileña hasta la sierra y veo como las luces de los pueblos y las autopistas se van encendiendo al tiempo que el cielo se apaga. Además del ocaso astronómico aquí hay otro espectáculo, de cine expandido, que ha traído la Orquestina de Pigmeos. En una proyección audiovisual una nave espacial llega a la Luna, pero los astronautas salen de la pantalla y se materializan en carne, metal y hueso en el propio cerro, donde se ponen a jugar al tenis y a tocar la dulzaina.

 

28 de julio de 2018. 21:30h.

‘El Cerro de los Locos’, de Orquestina de Pigmeos

Cerro de los Locos (Parque Dehesa de la Villa). Distrito Moncloa - Aravaca

Subir