EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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EL DISTRITO CENTRO DEL UNIVERSO ENTERO

Sergio C. Fanjul

 

Durante algunos años, al poco de instalarme en Madrid, viví muy cerca de la Plaza de Callao. Lo que experimenté fue, primero, cierta fascinación porque todo lo que ocurría en el mundo ocurría allí (las noticias, los anuncios, las películas españolas, las encuestas callejeras de la tele, las últimas transformaciones culturales y urbanas). Luego, cierta sensación de claustrofobia precisamente por la misma razón: porque parecía no haber un afuera.

Los distritos aún no estaban de moda y el resto del Universo constituía la Provincia: Callao era el eje central desde el que todo se irradiaba. Tanto es así que cuando se iba celebrar la boda real entre Felipe & Letizia vinieron unos agentes policiales casa por casa a pedirnos la documentación y el día del fasto no pude regresar a mi hogar desde el after hours porque tenían las calles cortadas. Tranquis: me volví a reenganchar con unos desconocidos y pasamos juntos a una nueva dimensión. Son cosas que pasan en el distrito Centro de Madrid.

El trayecto desde Lavapiés hasta la Plaza Mayor dura unos diez minutos, pero en el Centro el tejido de significados es muy denso. En Lavapiés el rumor de las terrazas resuena en la lejanía y los arcanos se descifran en los tatuajes de las muchachas que bajan esa cuesta que separa el barrio del resto del planeta. En Tirso de Molina, mientras alrededor construyen apartamentos de lujo, una ONG reparte gazpacho de bote a los pobres de la plaza. Huele a naranja, pero no a azahar como en Granada: es el repartidor precario que ha dejado la bici, se sienta en el suelo caliente y rellena su boca de gajos. El jugo se derrama por su cuidada perilla.

Si uno culebrea por ahí va escuchando cosas: "En Madrid hay nueve meses de invierno y tres de infierno". "Cuando entras en la basílica [de San Miguel] estás en territorio vaticano, cuando sales de la basílica estás en Madrid: es cuestión de un paso". Son los retazos de sabiduría que se desprenden de las visitas guiadas que pululan por la zona, los rebaños fluorescentes ávidos de conocer. Aquí se solapan dos realidades paralelas: la de los visitantes que miran cosas y la de los que estamos trabajando, aunque no lo parezca. Caminando lo suficiente por estas calles uno puede componer la historia completa de la ciudad a base de estas cápsulas de información que van naufragando en los oídos. Porque ahora la historia aquí, y en buena parte del mundo, es el turismo.

El turismo está bien: genera ingresos para algunos y le confiere a la ciudad cierto aire cosmopolita, con nuevos rostros y nuevas voces venidas de otros confines. Los turistas me hacen pensar que hay algo valioso en lugares y perspectivas que yo ya nunca contemplo, porque las tengo muy vistas a base de rutina. El problema está en el turismo hipertrofiado, que es lo que se nos viene encima: están echando a vecinos y a amigos de donde vivían para poner pisos turísticos, y así la ciudad se convierte en una cáscara vacía, en un decorado de cartón piedra dedicado a la pura representación de la vida en vez de a la vida pura.

También en negocio: las calles principales de las ciudades son siempre la misma calle, con las mismas franquicias textiles y los mismos fast foods, ya sean los Campos Elíseos parisinos o la calle Uría en Oviedo, con esa monotonía que decían había en la Unión Soviética, pero de colorines. ¿Para qué viajar, entonces? Los icónicos bares hipsters de mesa de madera y bombilla vintage, tan exclusivos no hace tanto, se extienden como carcoma: lo moderno tiende a lo cateto. El sonido rodante de las maletas trolley sobre el empedrado es la banda sonora de estos procesos rampantes.

En la Plaza Mayor pacen los turistas, y los calamares de los bocatas, y toda la fauna urbana que les acoge: las simpáticas cabritillas de cintas plateadas o el Spiderman Gordo, el mayor superhéroe de Madrid (con permiso de Malasaña Man). Son espectáculos más amables que los que eran tradición en esta plaza en otros tiempos: los autos de fe y las ejecuciones públicas. No había entonces fútbol, ni Sálvame, ni Internet, y el pueblo se aburría soberanamente el tiempo que no invertía en sobrevivir. Me imagino que olía muy mal: dicen que Felipe II puso el Escorial tan lejos para huir del hedor de Madrid. Luego Franco, por aquella zona, inventó la geolocalización: la enorme cruz del Valle de los Caídos es la primera chincheta de Google Maps. Total, que en la plaza Mayor el personal disfrutaba con la tortura y los ajusticiamientos a garrote, horca o degüello, que eran el reality show de la muerte.

Hoy sucede en la plaza un evento mucho más hermoso: canta el Coro Nacional de España, y canta un repertorio de música coral rusa de principios del XX, pero lo más bonito es verlos a todos pasar la hoja de la partitura casi al tiempo, con un retardo quizás infinitesimal, generando el mismo efecto que la espuma de las olas que lamen las orillas de las playas de Cádiz. En el cielo hay un atardecer renacentista, en el suelo hay quien se abre una chinobirra, los pintores callejeros hacen esgrima de colores sobre sus lienzos.

Al que nadie hace caso hoy en día es al jefe de todo esto: Felipe III, fundador y anfitrión de la plaza, montado en su estatua ecuestre, convidado de piedra, o de bronce. Cuentan que la boca de este caballo estaba abierta, y que los gorriones se metían por ahí y no lograban salir nunca, qué oscura angustia: tengo pesadillas con estos pajarillos aleteando en la tiniebla, buscando la forma de escapar una y mil veces, muriendo, al fin, de hambre. Cuando unos republicanos pusieron una bomba en esta estatua, en 1931, se abrió el vientre del caballo y aparecieron cientos de huesos de gorrión, fruto de siglos. Ahora el corcel tiene la boca cerrada.

 

11 de julio de 2018. 21:30h

El imperio del exotismo. Concierto del Coro Nacional de España

Plaza Mayor. Distrito Centro

 

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