EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

< volver
  • Relato 3: LA HORTALEZA ALPINA
    Distrito Hortaleza
    Auditorio al aire libre Pilar García Peña - Parque Pinar del Rey
    Viernes 6 de julio

LA HORTALEZA ALPINA

Sergio C. Fanjul

 

La calle Hortaleza, que parte de Gran Vía y discurre, más o menos, entre los barrios de Chueca y Malasaña, se llama así porque en otros tiempos era el camino que llevaba al pueblo de Hortaleza. Lo mismo ocurre con su vecina calle Fuencarral, que llevaba a al pueblo de Fuencarral, la calle Alcalá, que llevaba a Alcalá de Henares, o la calle Toledo, que apuntaba hacia Toledo. La cosa estaba muy bien: la propia ciudad te decía a dónde ibas, sin trampa ni cartón.

Ahora Hortaleza, desde 1949, ya no es un pueblo independiente sino un distrito integrado en la capital, como tantas otras localidades periféricas que han sido deglutidas por la urbe hambrienta. Madrid como un agujero negro, Madrid que crece hasta incluir a toda España, al planeta entero. El Beijing del futuro: un barrio de Madrid.

Prosperidad aparece en el camino al noreste (La Prospe, fundada por un señor llamado Próspero) que tiene nombre de restaurante chino o de señora anarquista, es uno de los barrios más barrios de la ciudad, y eso se nota en torno a su tradicional mercado (ahora gastomercado), donde han abierto una sucursal de la chocolatería San Ginés. Hay ambiente de terrazas y la franquicia, aunque va llegando, no abunda demasiado. Algunas zonas de la arteria López de Hoyos a esa altura, con sus edificios pequeños de dos y tres alturas, responden al imaginario de la pequeña ciudad estadounidense del Mid West (eso sí, echándole mucha imaginación). No muy lejos se encuentra un hito arquitectónico madrileño: el edificio organicista Torres Blancas de Sainz de Oiza, que es un poco como el interior de la nave de Alien: el octavo pasajero. Yo tuve una tía a la que le iba muy bien y vivía en ese lugar tan señalado: me fascinaba cuando me contaba que uno podía tirar la basura directamente por una portezuela que había en la pared.

Después de cruzar la M-30, que es ese límite físico y psicológico que indica que ya estás en el más afuera de la ciudad, se arriba al distrito de Hortaleza. Su entrada por López de Hoyos tiene un punto alpino, porque aparece el arbolado y huele como a Sierra: hay una cuesta y, en la calle Arturo Soria, una estatua que da la bienvenida en forma de un ciervo y una cabra. Son los únicos animales salvajes que se dejan ver por la zona, y están muy quietos.

Recuerdo haber estado en Hortaleza hace 22 años, cuando aún no vivía en Madrid y venía visitar a las amistades que había cosechado en un campamento de verano. Una de aquellas amistades era hortalina, pero casi no recuerdo nada de aquella visita, lo que demuestra que vivimos en balde, porque lo único que vamos dejando son agujeros de olvido en el calendario. ¿Dónde estaba usted el 6 de julio de 1996? Yo, probablemente, en Hortaleza, aunque, Hortaleza: no te reconozco. Por entonces yo escuchaba a un grupo de rock que lleva a mucha honra ser de Hortaleza, “donde Dios se echó la siesta y no pudo dormir”: los Porretas. Y este lugar fue también la cuna de un sabio: Luis Aragonés, el sabio de Hortaleza, experto futbólogo al que no le cabía en el culo “ni el pelo de una gamba”, según él mismo reveló.

Dicen que el nombre le viene al barrio de que antes esta era una zona de huerta y hortalizas, ahora más que hortalizas, que no vi ninguna, lo que se cultiva es lo que se cultiva en todas partes: el ladrillo (hay también que dice que el nombre le viene de la palabra Fortaleza, aunque ahora se deja penetrar sin resistencia). Caminar por la ciudad movido por la fuerza centrífuga, del centro al borde, es una forma de ver como se apilan toneladas de humanidad rodeadas de toneladas de arquitectura: ¿quién es toda esta gente? ¿Qué les conmueve? ¿Con qué sueñan?

En la Gran Vía de Hortaleza me topo con un lugar que podría servir para darme respuesta a estos dramas barriales-existenciales, aunque no es el caso: una gran iglesia ortodoxa con grandes cúpulas doradas que deslumbran desde la lejanía y que destacan como una aparición divina entre los bloques de apacibles viviendas. Es la parroquia de Santa María Magdalena, donde se junta buena parte de la comunidad religiosa rusa, ucraniana, georgiana, moldava, además de los españoles ortodoxos, que haberlos haylos.

Un poco más adelante se me presenta otro templo, pero de otra religión, la de los mercaderes: el centro comercial Gran Vía de Hortaleza, un edificio de cubos negros incomprensibles como un Tente gigante. Dentro se reproduce lo que hay en todos los centros comerciales, siempre idénticos a sí mismos, aunque en este caso el espacio tiene un toque vintage que hace pensar que en cualquier momento puede aparecer una invasión zombi de película de los ochenta. Sin embargo, los zombis aquí no son violentos: los apaciguan a base de Carrefour y Burger King.

Al final del trayecto, tratando de recordar la Hortaleza que visité en mi ya lejana juventud, donde comí tortilla de patatas, llego a la barriada de San Lorenzo, de la que creo rescatar algunas imágenes mentales prehistóricas o será que la memoria, que es prima hermana de la fantasía, se las inventa: me suenan de algo esos edificios que, en vez de lucir el monótono marrón habitual de los barrios, son de color blanco hueso, blanco sucio, blanco roto, o como demonios se llame ese blanco.

 

6 de julio de 2018. 21:30h.

Flamenco Sinfónico. (Banda Sinfónica Municipal de Madrid + Gerardo Núñez)

Auditorio al aire libre Pilar García Peña.  Distrito Hortaleza

Subir