EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 2: BOEING DICK
    Distrito Barajas
    Parque Juan Carlos I (Espacio México – Aro rojo)
    Jueves 5 de julio

BOEING DICK

Sergio C. Fanjul 

 

Llamadme Fanjul. Hace unos días -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en el distrito Centro, pensé que me iría a pasear un poco por ahí, para ver la parte aeroportuaria del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación.

Empiezo este paseo parafraseando el primer párrafo de Moby Dick porque Madrid no tiene el puerto de mar desde donde zarpó el Pequod (igual le ponen playa), pero sí aeropuerto, en el distrito de Barajas, que es a donde me dirijo y de donde parten esos aviones que me provocan la misma mezcla de miedo y fascinación que la gran ballena blanca le provocaba al capitán Ahab. Yo no tengo una pata de palo ni una pintoresca tripulación, pero a algún sitio llegaré que no sea el fondo de la mar salada.

Partí del puerto de Argumosa, en Lavapiés, con tiempo favorable y asfalto en calma; según la carta náutica de mi smartphone sería una navegación de unas tres horas y pico hasta arribar a aeropuerto. Surqué Atocha, dejando a babor el Real Observatorio de Madrid, que guarda una réplica de un telescopio de William Herschel, descubridor Urano, y a estribor el neobizantino Panteón de Hombres Ilustres, donde una vez se intentó que, a la francesa, se enterrara a la gente importante. También vi la sepultura, en esa zona, de un amor freelance que yo tuve, o que creí que tuve, y que, en realidad, estaba enamorada de un campesino castellano que yo imaginaba megalómano y terrible, con la piel curtida por el sol del campo y unas manos enormes con las que me iba reventar el cráneo mientras medía endecasílabos.

En el barrio de la Estrella, donde huele a arbusto y a confort de clase media, pasé del viaje náutico al viaje astronáutico: me guíe por la calle de la Estrella Polar, por Perseo, por la Cruz del Sur, y vi el brillo más brillante de la calle Sirio. Hay por ahí un parking que se hace llamar Los Astros, donde, supongo, se aparcan las naves espaciales. Aterricé de nuevo donde empieza Moratalaz, tras cruzar un río de lava metálica que se dice la M-30, por un puente que temblaba en plan Indiana Jones.

Por allí está El Ruedo, un edificio enorme y curvo, feo por fuera y alegre y colorido en su centro, donde se realojó a chabolistas del Pozo del Huevo en los años 80. Y luego se sucede la ciudad desconocida, la calle del poeta Blas de Otero, que increpaba a Dios, y la de Pablo Lafarge, el yerno de Marx que vino a España después de la Comuna de París a evangelizar de socialismo y, aún así, escribió un libro llamado El derecho a la pereza, que siempre hay que reivindicar, aun siendo marinero.

La ciudad es como una pizza, y se van apareciendo las zonas pobres, que son como el pepperoni del asunto, donde las viejas gitanas picantillas sacan las sillas al fresco y se pasan la tarde veraniega en familia, y las zonas insípidas como la mozzarella, que se corresponden con esos barrios de grandes empresas, fríos edificios reflectantes y desvaídos trabajadores de call center y corporación extranjera. Hay ahí una alegría impostada de viernes por la tarde: no hay nada más triste que la melancolía del departamento de Marketing cuando disimula su odio en el bar random de abajo, tomando cañas.

La ciudad es como una pizza, pero como una pizza familiar de grande, crucé La Elipa, donde nacieron los Burning, y escapé del cementerio de la Almudena una vez más, y crucé Pueblo Nuevo, y Simancas, y Canillejas, y ya no sé dónde, y llegué al Parque Juan Carlos I que es tan grande como el Grand Theft Auto.  Allí hay un gran rosco colorado, que es un monumento llamado Espacio México, pero que parece el ombligo literal del mundo o algo todavía más hipnótico y secreto: cuando te aproximas por la cuesta parece que te va a absorber hacia una dimensión desconocida. Ahí pinchaba Atom ™, que decía, con voz robótica y cara de Mr. Proper, que hay que luchar a base de escueto techno alemán contra el pop imperialista.

Desde ese gran agujero que allí genera el espaciotiempo pude ver, por fin, como Ahab, el aeropuerto. Anochecía por el este y los aviones, cetáceos luminosos, luciérnagas tech, se levantaban hacia lugares muy lejanos. Pensé que la vida es tan horrorosa y excitante como ese momento en el que vas sentado en el avión, y empieza acelerar en la pista, y no tienes el control sobre nada, como un pelele, y todo puede desaparecer en un segundo. Es la crisis de la mediana edad, cuando todo se acelera y todavía no te han puesto la bandeja de pollo al curry.

No quise acercarme más a los aviones, no fuera a morir, como Ahab, atrapado por mis propios arpones contra el cuerpo de Moby Dick, sepultado en las profundidades abisales del distrito de Barajas, arrastrado, en realidad, por mi propio miedo y fanatismo contra el fuselaje blanco de un Boeing 747 que vuela ligero a Nantucket, de donde partió a los mares Ismael, quiero decir, Fanjul, que así me llamo.

 

5 de julio de 2018. 21:30h.

Concierto audiovisual de Atom ™

Parque Juan Carlos I – Espacio México (Aro rojo). Distrito Barajas

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