EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 1: LA CUADRÍCULA DE ORO
    Distrito Salamanca
    Plaza de Colón (frente a Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa)
    Viernes 29 de junio

LA CUADRÍCULA DE ORO

Sergio c. Fanjul

 

Me gustaría que hubiera calles en espiral. Calles que dibujasen en el plano la trayectoria de los astros. Calles que formaran parte de asteriscos. En el barrio de Salamanca, en cambio, las calles están trazadas en rigurosa retícula ortogonal, son líneas rectas que se cruzan formando manzanas cuadradas, ángulos rectos entre los que, curiosamente, es fácil perderse y que dejan poco espacio para el asombro cotidiano. Todo está como tiene que estar, en un espacio recto preeinsteniano, ignorando las dobleces del Universo alrededor.

Partí de Lavapiés con viento favorable, y en Lavapiés las calles estaban dispuestas como si al demiurgo se le hubieran caído de las manos tras un tropezón cuando iba a por tabaco. En realidad, tiene sentido: dicen que en el barrio de Salamanca viven las familias que regentan y poseen España, así que no es raro que sus calles formen una cuadrícula como las cuadrículas sobre las que escriben los niños: para evitar los renglones torcidos de Dios. En calles tan anchas, además, es difícil tender barricadas, como en el París que se inventó el barón Haussmann.

En la calle Serrano (a esto lo llaman la Milla de Oro) pasea la gente bien vestida mirando los escaparates de las tiendas donde se vende bien cara la ropa que bien viste (aunque los calores veraniegos no ayuden a la elegancia). Por ahí pululan los miniejecutivos que salen de los bufetes de abogados y los centros financieros: llevan traje a medida, melenita liberal, pero casi no les ha salido la barba: ellos heredarán la Tierra. En una terraza donde la Puerta de Alcalá ofrecen ostras y caviar (100 euros por 30 gramos), y lo riegan con Möet & Chandon y brillantes copas de balón que parecen bolas de dragón. Las señoras a las que el fútbol les trae sin cuidado se solazan en la terraza de la confitería mientras hablan de cosas importantes. Los tópicos se cumplen. Los cocodrilos muerden pezones. Las dentaduras están OK.

Ya hay tatuajes en el Barrio de Salamanca, porque el tatuaje ya no es bucanero y carcelario, sino también cool. La coolness nos iguala a todos, como la muerte y El Corte Inglés. Precisamente donde El Corte Inglés de Serrano brota la inocencia: allí gira un carrusel encantador, que recupera un punto de ensoñación entre tanto lujo y competencia: es hermoso ver ahí montado a un chaval cabalgando un caballito, aunque de vueltas y vueltas y vueltas y nunca llegue a ningún sitio. Es que le da igual, conoce la enseñanza del parchís: el tesoro, tras dar la vuelta al mundo, está al lado de casa.

Hay gente que emprende: no en vano el Marqués de Salamanca, fundador del barrio, fue un emprendedor empedernido y algo granuja. Negoció con la sal, con los ferrocarriles, montó bancos, vivió de película y ahora tiene una plaza y una estatua. No muy lejos de la estatua del marqués me topo con el colegio del Pilar, cuya arquitectura podría ser la del castillo Hogwarts de Harry Potter: al parecer muchos pilaristas también hicieron su magia en el ámbito del poder. Mientras paseo por la cuadrícula salmantina imagino que no se acaba nunca, y que vivo en un planeta cubierto por completo por el Barrio de Salamanca, un planeta decimonónico y austrohúngaro, como en aquel cuento terrorífico de Lovecraft en el que se describe un pueblo sin escapatoria, porque al llegar a las afueras el pueblo volvía a empezar, y así para siempre.

Al final el marqués murió arruinado en el carabanchelero palacio de Vista Alegre. Esto no se le dice a los emprendedores de ahora: que igual al final te arruinas (fracasa otra vez, fracasa mejor). Su casa, un palacio que todavía se alza en Recoletos, es uno de los pocos que resiste de todos los que trazaban la Castellana: más allá todo era campo.

En la Plaza de Colón ondea (con dificultades, dado su peso) la mayor de bandera de España que hay en España. Borges imaginó un mapa tan grande que coincidiese punto a punto con el territorio, un mapa que fuese el territorio mismo, y que funcionaba casi igual de bien. Yo imagino, mirando la estatua de Colón, que a su vez mira al cielo, una bandera de España que fuera tan grande como España y que se tendiese sobre todo el país, de Algeciras a Gijón, sobre todas nuestras cabezas, y nos dejara respirar, a duras penas.

 

29 de junio de 2018. 22h.

Concierto de Matthew Herbert Brexit Big Band

Plaza de Colón. Distrito Salamanca

 

 

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