EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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DONDE VIVEN LOS DRAGONES

Sergio C. Fanjul

 

Cuando el forastero deja los barrios de Usera para adentrarse en los territorios de Villaverde da la impresión de que atraviesa esa alambicada nada que rodea las grandes ciudades, esos terrenos donde la ciudad se desteje para volverse a tejer más tarde, donde la realidad urbana se disuelve y aparecen acertijos de autopistas, desguaces, naves industriales, descampados cubiertos de hierbajos dorados quemados por el sol. ¿Es esto ciudad o no es ciudad? Esto no es campo, esto no es bosque, esto no es estepa siberiana, esto no se sabe lo que es: es intersticio y abandono. Son lugares donde los antiguos cartógrafos hubieran colocado esta inscripción: aquí viven los dragones. Hic sunt dracones.

Una gran señal en el arcén dice Villaverde, lugar de nombre ajardinado pero de naturaleza arcillosa, que está al sur del sur de los madriles. Más abajo ya solo se encuentra otra terra incognita, otro misterio, otros animales mitológicos. Es decir: las tierras de Getafe. Villaverde también era un pueblo diferente que, en 1954, fue absorbido por el monstruo capitalino: antes había aquí mucha industria, mucha fábrica, mucha chimenea, el motor que hacía rodar la rueda de la economía fordista, la vida antes de este fluido precario y digital. Aquí se fabricaba acero, y radios, y vehículos, y estaba, por ejemplo, la empresa Boetticher que fabricaba ascensores cuando iba a toda leche el ascensor social, y que ahora ha dejado una [email protected] cubierta de colores.

Aquí la gente vino a vivir y a trabajar y Villaverde creció alrededor de la industria, los currantes con vistas a las fábricas: dicen que seis veces al día el cielo se teñía del rojo de los gases industriales, la factoría era la vida y un trozo de muerte al mismo tiempo. A muchos se les acomodó en lugares como la Colonia Experimental, de 1956, donde lo experimental no se relaciona con lo performático-contemporáneo sino con este barrio donde probaron diferentes tipos de edificación en un experimento que, según hemos visto, acabó mal.

Ahora los vecinos se quejan de que infraviven en sus infraviviendas, rodeados de tierra y charcos y desconchados y grietas y coches aparcados donde no deberían estar. Cerca hay un chino austero, normal, pero muy rico: el restaurante Sol, donde los chinos cocinan y comemos los gitanos y los payos, los latinos y los villaverdinos de varias generaciones, y sirve un chaval encantador y muy profesional que parece querer llevar el negocio a nuevas cotas. Entró un niño despeinado, se acercó a la barra y pidió un pan chino. Y se lo dieron.

Ahora casi no hay fábricas en España porque las mandamos al lejano Oriente, por donde ahora, además del sol, salen la mayoría de las cosas que utilizamos. Así que en Villaverde dejó de haber muchos obreros para haber muchos parados. Por ejemplo, el barrio de San Cristóbal de Los Ángeles es conocido por sus altas tasas de desempleo. En otras épocas los vecinos tuvieron que lidiar con aquella lacra ochentera de la droga saliendo con pancartas a la calle.

Una vez visité Villaverde un domingo, por donde el parque de Plata y Castañar, y se me hizo patente cómo en el centro de Madrid se han disuelto los domingos, cómo la furia cotidiana lo ha absorbido todo y ha creado un continuo temporal que se extiende sin forma propia en laborables y festivos. Liberaron los horarios y esclavizaron a la gente en un tiempo longaniza, un tiempo churrigueresco que, con las eternas luces de neón y los supermercados abiertos 24 horas, amenaza también con anular los efectos de la rotación de la Tierra.

En los barrios los domingos también son un descampado: un descampado en el tiempo, o un parque, o un jardín, según viva cada uno su domingo, según decore la República Independiente de su Tiempo. Ahora en verano en Villaverde, por donde Las Torres, por donde dicen que viven los aluniceros que roban coches y los estrellan contra las tiendas del barrio de Salamanca, la gente saca las sillas de playa a la calle y absorbe el calor que emite el asfalto. Son edificios donde se recogió a la gente que vivía en un poblado chabolista aledaño, una de esas zonas supuestamente peligrosas que al final uno transita esperando encontrar los prodigios las pelis de bandas callejeras y lo que ve es lo que se ve en todas partes: gente tratando de vivir, abuelos, niños, esas cosas. Unas vistosas torres de alta tensión traspasan el lugar.  

Pero tiene que haber alegría en Villaverde, donde hay un centro comercial que se llama L.A., como Los Ángeles, y yo siempre quise ir a L.A. (el centro comercial), y pasear por esas calles tristonas de ladrillo visto, tiene que haber futuro en las tristes prostitutas de la Colonia Marconi, tiene que haber esperanza en los toldos verde botella, en esas chavalas bolleras que vi dándose el lote en un portal, tiene que haber alegría, en definitiva, en los perros más simpáticos, en los patos que comen el pan que flota en el río Manzanares ya menguado cuando deja la ciudad, en la Casa San Cristóbal que está llena de libros, en el puente pintado de colores, en el olor a pollo frito que mana grasiento y delicioso de los todos los kebab house de este distrito que dicen deprimido: tiene que haber esa alegría en Villaverde.

 

3 de agosto de 2018. 21:00h.

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Parque Huerta del Obispo. Distrito Villaverde

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