EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 9: DE SAN BLAS AL ESPACIO EXTERIOR
    Distrito San Blas
    Quinta de Torre Arias
    Miércoles 1 de agosto

DE SAN BLAS AL ESPACIO EXTERIOR

Sergio C. Fanjul

 

Estoy en la Avenida Quinta. Pero no en la Quinta Avenida. Porque esto no es Manhattan, sino Ciudad Pegaso: un barrio entero, una pequeña ciudad, construida en los años 50 por la empresa de camiones Pegaso para sus trabajadores, que aquí conseguían una vivienda en propiedad por precios muy por debajo del mercado. Aquí había de todo: economato, cine (el Cine Pegaso), instalaciones deportivas, iglesia, servicios médicos o peluquería. Eso sí, la estratificación social era muy fuerte: los currantes rasos tenían su piso en el bloque, los cargos intermedios su casita independiente, los pocos ingenieros sus chaletazos. Por eso estaba tan bien visto ser ingeniero.

Eran tiempos de empresas paternalistas, las personas trabajaban para una misma compañía durante toda la vida y hasta establecían vínculos afectivos con ella, como si de una familia o un equipo de fútbol se tratara: el hermoso logotipo de la empresa, un esbelto corcel atravesando un círculo, era emblema para muchas personas. Hoy, que estamos avocados a la “flexibilidad” laboral, a la movilidad, a la formación continua, a la autonomía y a la precariedad, estas cosas ya no existen y Ciudad Pegaso es un sitio normal. Eso sí, como Manhattan se despliega en grandes avenidas numeradas y pequeñas calles perpendiculares que las cortan, aunque no tan ortogonalmente.

Camino luego por otras zonas del distrito de San Blas-Canillejas. Hay, por ejemplo, una colonia cuyas calles llevan los nombres de localidades de mi Asturias natal como Llanes, Ribadesella, Pravia o Siero. Pero aquí no hay acantilados, ni verdes praderas, ni cordilleras escarpadas, ni minas clausuradas ni esa fina lluvia llamada orbayu: aquí el sol cae a plomo sobre los toscos prismas de ladrillo obrero y la única playa debe de estar debajo de un adoquín suelto que me encuentro por ahí y al que le saco una foto porque parece una escultura de Robert Morris. Dicen que las cosas no existen hasta que les pones nombre, pero eso no quiere decir que al ponerles luego un nombre las transformes a tu antojo.

Hay también en esa zona una curiosa tipología de mercado formado por edificaciones bajas en las que se abren a la calle cafeterías, peluquerías y tiendas de alimentación. Por ahí juegan los niños al fútbol, o a tirarse globos hasta empaparse porque hay ola de calor, y un vecino talludito aparece y grita a otros que se va al hospital a que le quiten “una mota que se me ha metido en el ojo”.

La mayor parte de este distrito, como tantos otros distritos fuera de la M30, fue construido a mediados del siglo XX para absorber a la abundante inmigración que venía de los campos de Andalucía, de Extremadura, de las Castillas, huyendo de la pobreza del campo o en busca de una vida mejor al calor de la incipiente industria del desarrollismo: el llamado éxodo rural. Cambiaba el lugar de residencia, pero también la profesión, y el futuro por delante, aunque las cosas no eran fáciles: muchos, al llegar, tenían que construir la chabola en la que sobrevivir dentro de la jungla urbana. Entre 1950 y 1980 la población de Madrid creció la friolera de un 80%.

Luego el Estado tenía que dar soluciones, como en San Blas, donde se pueden encontrar un variado catálogo de este tipo de iniciativas fruto del Plan de Urgencia Social de 1957: Unidades Vecinales de Absorción, colonias benéficas (que los vecinos construían en su tiempo libre), poblados de absorción (para los habitantes de las chabolas), poblados dirigidos, etc. Uno atraviesa el barrio atravesando diferentes tipologías de barriada igual que atraviesa Ikea atravesando diferentes tipologías de cocina o dormitorio, un verdadero muestrario. La calidad de las viviendas solía ser baja, el tamaño escaso. Franco vino a San Blas a darse un baño de multitudes con motivo de la inauguración de las viviendas: la mano de obra barata que allí alojaban venía muy bien para el correcto funcionamiento de la economía y el correcto lucro de las élites franquistas.

El propio barrio de San Blas que, como otros barrios, tuvo problemas de droga y delincuencia en los años 80, parece tranquilo esta tarde soleada. Tranquilos están, al menos, los clientes de la cafetería de aires caribeños en la que entro a tomar un refresco con cero calorías: la puerta bien cerrada para que no se escape el aire acondicionado en uno de los días más calurosos del estío, las mesas casi en círculo, el personal repantingado en sus sillas, con los pies descalzos encima de la mesa, dormitando mientras con el ojo semiabierto miran el tedioso programa televisivo de la tarde de verano. Todo muy casual, todo muy flexi. Pido mi refresco en la barra, de pie, y más bien siento que me he colado en la casa de una familia numerosa a la hora de la siesta.

La otra mitad del nombre, Canillejas, le viene al distrito de la población homónima que, según los documentos históricos, es uno de los más antiguos de Madrid. Alrededor del Canillejas se extendían solo campos de labranza, todo esto era campo. Desde 1949 lo que era este pueblo forma parte de la capital dentro de este distrito, aunque el nombre de Canillejas solo figura en el del distrito desde 2012 por petición popular.

No solo hay barriadas en San Blas-Canillejas: también hay espacios verdes como la Quinta de los Molinos, donde dicen que, en primavera, primero florecen los almendros, o la Quinta de Torre Arias, antes propiedades de la aristocracia, ahora recuperadas para la ciudadanía como hermosos parques históricos. El Wanda Metropolitano, flamante estadio del Atleti, se levanta al sur del distrito. Al norte una amplia zona de empresas que atrae cada día a miles de empleados adormecidos en la línea verde de metro. Y algunas zonas de viviendas bien. Entre las personas nacidas en este barrio destaca Pedro Duque, que primero fue astronauta y salió al espacio exterior, y ahora es flamante ministro de Ciencia, Innovación y Universidad, en el espacio interior.

Es curiosa la radicalidad quirúrgica con la que aquí se percibe la segregación social de la ciudad. La diferencia de clase, que no se puede tocar con los dedos, aquí se puede medir con palmos de asfalto. Basta una calle, la avenida de Arcentales, para separar las barriadas obreras de las viviendas de clase media bien, con amplios y verdes patios vecinales, con piscinas de las que brota el bullicio infantil. Los humildes sacan las sillas a la calle y se mojan con mangueras, en la zona burguesa los condominios (Residencial Santa Fulanita y nombres de ese jaez) están fuertemente cerrados con rejas y casi no se ve a nadie en la calle. Todo está más limpio pero también un poco más triste.

Al final de la calle Miguel Yuste hay unas canchas de baloncesto donde la chavalería juega un partido. Los chicos se esfuerzan en el juego sudoroso, las chicas, algo aburridas, con minishorts, media nalga fuera y pendientes de aro, se hacen selfies poniendo morritos para el Instagram o la red social que usen ahora las nuevas generaciones barriales. Una le dice a otra que le saque una foto y pone una postura tan forzada y tan rara que parece que se va a romper.

 

1 de agosto de 2018. 21:00h.

Algo Inesperado (Concierto sorpresa de Vetusta Morla)

Quinta de Torre Arias. Distrito San Blas - Canillejas

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